En una ciudad que en diciembre olía a castañas calientes donde sonaban los villancicos lejanos, vivía una niña pequeña llamada Estela. Tenía los ojos del color de la miel cuando el sol los atravesaba, se le iluminaba la cara con una sonrisa tan clara que parecía una campanita escondida en el pecho.
Estela tenía solo tres años, y aunque todos hablaban de la Navidad, ella aún no sabía muy bien qué era eso. Sabía, eso sí, que las calles se llenaban de luces, que su mamá le ponía bufandas suaves y que su perro —un peludo amigo llamado Nube— movía la cola juguetona con más alegría que nunca.
A Estela le gustaba mucho pasear con su mamá por el Parque del Retiro. Allí los árboles parecían gigantes enormes buenos, y los caminos guardaban secretos que solo los niños muy pequeños saben escuchar.

