Una noche cualquiera, Eusebio toma un atajo que nadie recuerda haber visto y llega a casa en la mitad del tiempo. Al amanecer, el sendero ha desaparecido. No era un camino: era la boca de la montaña, un lugar donde vivía el terror, un lugar donde el eco obedece, el tiempo se dobla y los desaparecidos dejan de tener nombre.
Cuando Eusebio vuelve atraído por voces antiguas, despierta una entidad ligada a su linaje. Desde entonces, el pueblo oye risas entre las ramas, las raíces se mueven como manos creando terror, y el altar de piedra reclama ofrendas. Clara, su esposa, se niega a aceptar que la montaña decida por ellos. Con la guía del chamán Nahualco y un puñado de vecinos, se adentra en la espesura para aprender el nombre verdadero de aquello que los acecha que causa el terror y romper su ley: “sellada por el agua que no entra”.

