Florián no necesitaba selfies ni espejos ajenos. Su estudio estaba lleno de lienzos donde el único modelo era él mismo. Su rostro, su torso, sus gestos: todo se repetía en infinitas variaciones, como si el mundo no mereciera otro tema. Era un Narciso contemporáneo, convencido de que su belleza no solo habitaba en la perfección de la cara, sino en la armonía de un cuerpo que parecía esculpido por los dioses. Hombres y mujeres lo deseaban por igual, pero su vanidad extrema le impedía ver más allá de su reflejo; nunca amaba al otro, pero disfrutaba ser amado, observado, adorado.
Pero la vida, como el arte, no se detiene en la superficie. Un accidente lo enfrenta con la pérdida de aquello que lo definía: la perfección de su belleza. Y es entonces cuando empieza el verdadero viaje, ese que convierte esta obra en una auténtica novela de superación personal.
