En el andén, la madrugada olía a despedida. María recogía en un pañuelo las últimas miradas de su tierra. No era un viaje, sino una fractura: la patria quedaba al otro lado de un horizonte invisible. Y sin embargo, en la maleta llevaba algo más que libros: llevaba la certeza de que la palabra, aunque exiliada, podía seguir edificando patria.

