Hay momentos en la vida en los que todo parece estar en su lugar: la casa, la familia, el trabajo, las rutinas que dan forma a los días. Y sin embargo, en el silencio de la noche o en medio del bullicio de la ciudad, surge una pregunta que resuena como un eco persistente:
“¿Esto es todo? ¿Hay algo más que lo que vivo?”
Esa pregunta, que muchos callamos por miedo o costumbre, es la chispa de todo viaje verdadero. Es la grieta que se abre en lo cotidiano para recordarnos que la existencia no se agota en cumplir con lo esperado, sino en descubrir lo esencial: lo que somos en lo profundo, antes de las máscaras, antes de los deberes heredados, antes de los miedos.
